Mi verano sabe a granizada de pepita, sal y limón, el hielo derritiéndose en la boca , mientras el intenso sol de medio día se divierte jugando con el color de nuestra piel, y las gotas de sudor resbalan por nuestra frente en una carrera frenética antes de estrellarse en nuestra ropa. Y que delicia sentir el hielo, mientras flashazos de recuerdos y sensaciones de nuestra niñez nos invaden, y es inevitable sonreír ante esta sensación de extraña felicidad.
Mi verano está lleno de brizas intermitentes, que vienen y van al antojo del viento, después de dar una vuelta por todo antigua, a veces lento, otras rápido, y yo siempre esperándolo sentir por toda mi piel, para burlarme un ratito del sol, y mientras mi pelo flota sobre mi cabeza, miro frente a mí la figura imponente de Agua, que decidió protegerse también de los inclementes rayos solares, colocándose una nube como sombrero.
Y por las tardes, cuando el sol se despide de mi, y el viento empieza a correr por toda la cuidad, levantando las hojas y el polvo de los días, y mientras los pájaros regresan a sus árboles y empiezan su cantar un tanto histérico, mis tardes saben a atol de elote y arroz con leche, que tienen el sabor del saber hacer del pasado, que se niega a irse y se incrusta en nuestras vida, discretamente, pero permanentemente para no irse jamás.
Y a lo lejos, los primeros truenos y rayos, se dejan ver sobre las lejanas montañas, se dejan ver y escuchar, recordándome que se acercan las lluvias de mayo, y con ellas los sompopos, y el olor a tierra húmeda, arboles que reverdecen, y el repicar de las gotas en los techos de lamina.
Mi verano se va despidiendo lentamente, poco a poco, para que no lo extrañe tanto, así como se oculta el sol despacito para que no nos invada la tristeza y apreciemos la luna, así se despide el verano para que lo espere hasta el año siguiente y las gotas de lluvia sepan como gotitas de felicidad que can sobre mi piel.
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